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¿Conducción temeraria en Beijing?

22-08-08

Grandes curiosidades de la humanidad se dan cita en esta rocambolesca ciudad.
Sin ir más lejos, en Beijing he visto los atascos más monumentales con la mitad de pitidos que un miércoles cualquiera en Madrid con un 90 % menos de coches.
Qué paz, qué tranquilidad de espíritu, más aún si tenemos en cuenta que hacen las pirulas más audaces con la mayor normalidad.
Sin más lejos, esta mañana he cogido un taxi sabiendo que el trayecto es largo y como me lo he hecho ya unas cuantas veces, me dispuse a disfrutar de la gentes y sus diferentes fisonomías, que luego me vendrá muy bien para recrearlos en mi cuaderno de campo con mis humildes acuarelitas Vallejo y mis pinceles del 4 Winsor & Newton.

Al incorporarnos a una autovía dos veces más ancha que la M-30, de repente el vehículo que nos abre paso se para en seco en la incorporación, parece que se ha olvidado algo de interés mundial y da marcha atrás, obliga al bueno de mi taxista a recular, también los dos coches que nos seguían se apartan a un lado.
Nuestro infractor (que casualmente y sin ánimo de nada, informo que era una mujer…sólo es un dato) se gira y sale de frente en dirección prohibida cogiendo la calle que nunca debería haber abandonado.
A mi se me salían las bolas de los ojos viendo la cara que le echaba la fémina y esperé a que pasara por nuestro lado, y que, cabizbaja, pidiera perdón de la manera más humilde.
También me preparé para la bronca que le caería de boca de mi avezado conductor, porque hay que decir que los chinos hablan a gritos, con lo que me siento muy a gusto como ya comenté en otro relato, y siempre parece que están enfadados.
Y que como taxista que era y encima hombre contra mujer, hiciera lo que es menester, como en España y la ponga de vuelta y media, ya que yo al desconocer por completo el idioma poco podía aportar a la gruesa conversación que iba a tener lugar.

Mi gozo en un pozo, no escuche ni un pitido, ni un grito, ni una mala palabra, ni un mísero insulto…nada. Con absoluta normalidad, que confundí con resignación, se echaron a un lado cediendo el paso y nuestra arriesgada campeona paso rozando los espejos de los tres vehículos implicados que ya eran siete en esos momentos. Por supuesto no pidió perdón, ni pasó cabizbaja, ni siquiera tenía el semblante preocupado.
Me resultó tan sorprendente que pensé que quizás esta gente había desarrollado el poder de la telepatía y la mujer al pararse en seco había informado en tiempo real que se había olvidado de su hijo jugando al diábolo en lo alto de una tapia con los ojos vendados, y que por favor le dieran paso franco para salvarlo de una muerte segura…nunca lo sabré.

Impresionante, haces eso en Madrid en la incorporación del puente de Vallecas a la M-30 y la bronca que se monta es monumental, podrías escuchar la mayor condensación de insultos y aberraciones lingüísticas que una mente española pueda imaginar.

Tras el sucedido y con mi cabeza llena de gigantes interrogaciones , proseguimos nuestro camino, observando a través del espejo retrovisor el relajando semblante de mi taxista. Ni una mueca, ni un gesto, todo él era paz, como si no hubiera pasado nada…me intentaba imaginar yo mismo en esa situación y la cantidad de decibelios que hubieran salidos de mi garganta equivaldrían a la superficie de Nueva Guinea Papúa y Madagascar juntas en millas (pongo tilde en Papúa porque me lo dice Larry que visitó las islas de la Sonda allá por el 1983).

Ya en esta vía gigante de cinco carriles de ida y otros tantos de venida, veo como el resto de conductores, incluido mi héroe espiritual de gran paz interior, hace maniobras de adelantamiento fuera de todo reglamento.
Adelantan ora por la derecha, ora por la izquierda cuando mejor les viene, ignorando si al de atrás le viene mal y provocando frenazos repentinos todo el rato (marido de la rata), no me hago a la idea de como será el examen de conducir, ¿un sello y punto?, ¿prácticas de slalon a gran velocidad?. De repronto y cuando se despeja la cosa
por el carril derecho (el lento), mi enigmático taxista se mete en el y alcanza la velocidad de 110 por hora. Felicidad en el rostro porque por fin corre aire en el coche con las ventanillas bajadas (no tenía aire acondicionado el muy espiritual).
Me hallaba disfrutando de las moles de edificios de 300 m. de altura, con la gaita asomada por la ventana, cuando veo a 800 m. a un autobús que arranca y gira para incorporarse al tráfico sin intermitente, bien…está lejos y se le perdona.

Parece que mi conductor decide que queda mucho para llegar a su encuentro y no aminora un ápice la ligereza de su conducción…500 m. y no levanta el pie del acelerador…me inquieto un poco…300 m. y como si el autobús no existiera…200 m. y sudo por todo el cuerpo…100 m y empiezo a creer (por dar una cierta lógica a su actitud) que mi insensato conductor piensa que el autobús v a pasar del estado sólido al estado gaseoso y que lo vamos a atravesar sin dificultad alguna…a 40 m. me importa un bledo lo que piense y mientras le sugiero tímidamente en inglés (el cual no entiende): “Slowly…sloooooowlyyyy”, me preparo para el frenazo pegando mi espalda al asiento, estirando y tensando las piernas discretamente hasta hacerlas temblar y entrecierro los ojos…en esos pocos segundos me sorprende a la velocidad que corre mi imaginativa mente y de como me doy cuenta, entre este aluvión de sensaciones terribles e infartantes y esos pocos segundos de vida, que lo último que tenía que haber hecho es hablar con mi humilde inglés de sioux, puesto que él, al no entender bien, se giró para mirarme a los ojos a ver si pillaba onda…QUE MIRES PALANTEEEEEE, COÑOOOOO…le grité con mis brazos extendidos haciendo aspavientos de todo tipo. Me hace caso muy relajadamente y por fin se da cuenta de que hay un autobús gigantesco de línea de varias toneladas que nos tapa cualquier posibilidad de escape

De nuevo, con la mayor naturalidad del mundo y sin parpadear, frena en 7 m. comiéndome el asiento delantero y provocando el consiguiente frenazo del de atrás…Nada…ni un pitido, ni una mala palabra de nadie…al final me voy a cagar en la madre que los parió a todos…tanta paz y tanta ostia.
Cuando recupero la serenidad de espíritu, veo que pone el intermitente a la derecha, miro complaciente hacia atrás y no hay ni Dios, ¿para que coño lo pone?, para informar ¿a quién?, ¿ a mi, que voy con él?...cosa, por cierto, que no hizo durante todo el video juego de coches asesinos en el que estábamos.
Abandonamos la autopista de la muerte para salir a una calle de un sentido con dos carriles infestada de bicis eléctricas a toda pastilla, culebreando entre los coches y los peatones. Yo atravesaba con la mirada a mi incomprensible conductor a través del espejo retrovisor, pero mi mirada asesina se perdió en la nada porque él no miro en ningún momento para ver cual era mi estado de ánimo tras esos instantes de terror.

Según nos incluimos en el mare magnum del motor callejero, veo que nosotros, dos motillos y una bici que vienen embalados por nuestra derecha, tendremos que compartir unos metros más adelante un espacio en el sólo cabe el taxi, a duras penas, entre dos autobuses. Ni las motillos aminoran, ni la bici ni por supuesto mi taxista gurú de rostro impenetrable. Las motillos no nos ven o parecen no vernos, al venir nosotros por su izquierda y a una altura de varios metros, que es a la que se encontraba la famosa autopista de la muerte.
Pero igual que yo si las veo a ellas, confío que el taxista de tranquilidad infinita las verá y tocará el claxon para advertir de nuestra inminente llegada…no lo hace…no toca el pito y se produce de nuevo una escena nada recomendable para personas con problemas cardíacos, me pego al asiento, estiro y tenso piernas, entrecierro los ojos y ahora si que espero el impacto. No se produce el terrible desenlace porque los avispaos conductores de estas bicicletas enclenques saben que mi campeón, al igual que el resto de mortales chinos motorizados, va a actuar como si no existieran, sin frenar y sin avisar, con lo que deciden al unísono frenar y esquivar el taxi y el autobús en milímetros de espacio jugándose la integridad física una vez más, de las cientos de veces que lo hacen cada día.
Mi corazón está apunto de salir por la boca a coger aire. Obviamente el claxon no le funciona porque no le hubiera costado nada hacerlo y evitar la posibilidad de un disgusto, pero no lo sé a ciencia cierta. Para mi desgracia, en unos momentos tendría la oportunidad de comprobar si mi maestro de la conducción arriesgada trabaja las señales acústicas o es pura desidia.
Tras unas cuantas calles (frenazo…me trago el asiento de delante…acelerón …me incrusto en el mío….frenazo…me trago el asiento de delante…etc) nos incorporamos de nuevo a una de esas autovías aéreas más anchas que largas.
Nos incluimos de nuevo en un atasco monumental y nos paramos detrás de una furgoneta de reparto con cristales ahumados, audi último modelo con chinita pija con gafas de sol tamaño XXXL a la derecha y un camión del ejército marca “Estrella Roja” también con cristales ahumados a mi izquierda.
Me había venido arriba con la calma del atasco y había vuelto a sacar medio cuerpo por la ventanilla para que me dé el aire y recomponer mi cuerpo, pero la presencia de ese camión militar de aspecto avieso con cristales ahumados, que ocultaba a saber cuántos soldados o policías sedientos de trincar a un extranjero rompiendo alguna de sus peregrinas leyes, me hizo recostarme, y como si tuviera fresquete, disimuladamente miro al cielo y poniendo cara de : ¡Huy!, pues parece que refresca (pese a los 35º y el 90 % de humedad) subo la ventanilla con gran esfuerzo al carecer, por supuesto, de tirador.

Parados y aburridos en medio del lío y tras dejarme las uñas para subir el trozo de cristal, mi guía motorizado de gesto perpetuo, se incorpora como si un alacrán le picara el culo, y comienza a tocar el claxon compulsivamente a …la nada? Porque entre el estruendo que armaba me giré en todas las posiciones a ver que peligro nos acechaba y no fui capaz de ver ninguno.
Seguía dale que te pego al pito, incluso había cogido un cierto ritmo, que yo acompañaba sin darme cuenta con el pie (si es que al que le gusta la música…), pero seguíamos parados en medio de un macro atasco sin que nadie pueda salir de allí…¿Para qué coño pitaba ahora?, pues si que le funcionaba al muy jodío pero por lo que se ve no tenía ni idea de cuando usarlo, o a lo mejor yo desconocía por completo el sistema chino de señales acústicas automovilísticas.
A todo esto empecé a preocuparme por la proximidad del camión del ejército que obraba junto a nosotros. No parecía que les importara el concierto de una sola nota de mi, hasta ahora, impasible compañero, pero en mi calenturienta mente me los imaginaba poniéndose el chaleco antibalas a oscuras con la luz esa roja de alarma que da tanto miedo, cogiendo sendas porras de madera forradas de cuero, casco antidisturbios, máscara antigas y preparándose para bajar y sacarnos a porrazos del taxi, preguntarnos en chino muy deprisa y a gritos porque demonios no paramos de tocar el pito, si no se puede hacer nada hasta que se muevan los de delante. Soñé despierto que me levantaba heroicamente en medio de la lluvias de porrazos y sorprendiendo a uno de los jóvenes policías , le arrebataba la porra de la mano y me unía a ellos para seguir descargando porrazos al conductor…¡¡Qué pesao!!, ¿por qué no parará de pitar?...¡¡Qué plomo!!

Me trajo a la realidad el movimiento de los coches que nos preceden, mi campeón se puso en marcha y se le calmó el ansia que le entró de apretar claxon sin razón aparente.
Diosss, qué tipomás pesado.
En fin, esto es un sin vivir y mis ganas de darme un voltio con un sidecar chino, copia de la BMW R 71, se evaporan poco a poco.
Primero por la incomprensible manera de conducir de esta buena gente que imagino que estará relacionada con el poco tiempo que llevan conduciendo (hasta hace 10 años eran muy pocos los privilegiados que conduiían vehículo a motor, no motos ni coches, con lo cual se habrán inventado un poco las reglas), después porque todas las calles me parecen iguales y tardaría una eternidad en arribar a buen puerto, y últimamente voy con prisa a todos lados, pero la principal razón es que la policía no deja conducir vehículos a extranjeros en China (normal porque morirían todos en la 1ª semana) a no ser que lleven un año de residencia, con lo que tendría que jalar como no está en los escritos si algún uniformado me da el alto, con la más que probable posibilidad de que me enganchen y me expulsen del país a mitad de viaje, puesto que el sidecar es más chulo que un ocho pero corre menos que un coche de plastilina.
En fin, que ya os seguiré contando en próximas entregas porque se avecinan grandes tinieblas en sendo viaje por la China profunda.

Por cierto, por el hecho de trabajar con los dos lechones Gomaespumosos, mi nombre fue cambiado de Víctor Monigote al ocurrente y divertido nombre de Víctor Cido. Nombre que aúna mi torcedura mental y mi amor incondicional al bolígrafo BIC.

En vista de que hoy viernes grabamos el último programa, porque el del domingo es una recopilación de lo mejor de la semana, y mi función como comentarista del blog está a punto de fenecer, recupero mi nombre para proseguir estos relatos tinieblosos en la página oficial del dúo corchopán: www.gomaespuma.com

Siempre vuestro
Víctor Monigote

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